Mision Metodista Hispana
El Buen Samaritano
El 2 de julio de 2006, un grupo de creyentes latinos Metodista decidió creer una vez más a Dios y en un acto de fe, un pacto de árboles plantados en el suelo de la Iglesia Metodista Unida Hughes. Así se inició la Misión del Buen Samaritano, como un desafío y un deber de la Iglesia Metodista Unida Hughes, para predicar la Buena Nueva a los de habla hispana la gente del barrio de Wheaton, Maryland.
Antes del mediodía el servicio de Domingo en la capilla, le ofrecemos una Escuela Bíblica a las 11:30 horas, utilizando Lecciones Cristianas de Cokebury.
La Iglesia ha sido bendecida por la fe y la energía de sus nuevos miembros de la familia.
Para ponerse en contacto con nuestra Misión Pastor, Braulio Torres, haga clic aquí.
A continuación se muestra un mensaje de un reciente servicio.
Jorge Pantelis
Después del Padrenuestro, esta oración de Jesús es la más conocida. Es una oración de intercesión donde Jesús, inmediatamente antes de su arresto, a modo de despedida, pide, en primer lugar, por él mismo (vv. 1-8), porque ha llegado la hora de su glorificación; esto es, su muerte y resurrección, intercede por el retorno a la a la gloria que tenía antes que el mundo existiese (v. 5); luego intercede por sus discípulos (vv. 9-19) y por los que van a creer por la proclamación de ellos (vv. 20-24), porque Dios el Padre los preserve unidos en amor en tanto están en el mundo consagrados a la causa de Cristo. Termina la oración con un resumen que muestra claramente que para Jesús interceder ante Dios el Padre por los suyos es expresión de lo que su vida y obra ha sido – y es – una intercesión por el mundo, que a pesar de que no le conoce y rechaza, Dios quiere salvarlo “para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Estamos frente a Cristo el Mediador, el que intercede por nosotros no sólo en sus oraciones, sino en su vida y obra. Ese es su ministerio sacerdotal, la de un mediador entre Dios y el mundo. Al mismo tiempo representa a Dios ante el mundo, y a éste ante Dios, saca cara por él, intercede por el mundo.
Para Jesús no es cuestión sólo de orar por otros, sino ser para otros, llevar una vida de intercesión por otros. En esta oración, como todas las otras que tenemos de Jesús, se hace evidente la expresión latina que caracteriza en buena parte la renovación litúrgica de nuestro tiempo, lex orandi – lex credendi; literalmente, la ley de la oración es la ley de la fe; es decir, que de la manera en que oramos, de esa manera creemos. En nuestras oraciones mostramos la clase de Dios en el que creemos, la clase de Dios al que intercedemos por otros.
Aprendamos pues a orar por otros como Jesús, no sólo intercediendo por otros, sino también viviendo por otros, mostrando la clase de Dios que está presente en la intercesión del Señor. No una intercesión barata, sino como el Señor al precio de la cruz. Mostrar el todo poder de Dios, al Dios que en Jesucristo se reduce a sí mismo hasta ser como uno de nosotros para morir en una cruz por nosotros. Ese es el Dios todopoderoso que nos confronta en Cristo. Y esa debe ser la orientación de nuestras oraciones – y vidas – al interceder por otros, como expresión de que vivimos para esos otros por quienes pedimos a Dios.
Muy lejos de esto están nuestras intercesiones a Dios que buscan manipularlo o son meros artificios que rayan en lo mágico o la superstición. Dejamos de lado las intercesiones por los muertos, pues eso no tiene asidero en la Biblia. Por otro lado, aunque no recurrimos a intermediarios como la virgen María o los santos, o almas de los difuntos, a quienes se pide intercedan ante Dios por nosotros, como se estila en la tradición católica, no nos faltan tales intermediarios cuando se acude a tele-evangelistas y otros gurús religiosos que se nos aparecen como especialistas de las oraciones de intercesión; muy habidos, por cierto, de cobrar jugosamente por sus servicios.
Más cerca nuestro están los llamados pagadores de promesa del catolicismo popular, esa mezcla sincrética de la religiosidad ya indígena o ya africana con la fe cristiana traída a la América Latina dentro de una cultura europea. Cada santuario de la Virgen María o los innumerables santos católicos a lo largo y ancho de nuestro continente cuenta con sus devotos, muchos de los cuales interceden ante estos intermediarios por favores para sí mismos u otros a cambio de promesas al santo o la Virgen de su preferencia. En caso de lograr el favor solicitado, vuelven al santuario en cuestión como “pagadores de promesas”, llevando consigo ofrendas especiales o haciendo toda suerte de penitencias. En nuestras oraciones de intercesión ciertamente no procedemos de esta manera tan burda, pero muchas veces las actitudes que asumimos no son muy diferentes de los pagadores de promesas. Con que frecuencia también nosotros condicionamos nuestras intercesiones a promesas que le hacemos a Dios: “Dios, si me concedes este favor, yo te prometo ser mejor cristiano, no faltarme del culto, hacer una ofrenda especial, etc…”
¿Qué clase de Dios aparece retratado en esta actitud? Por cierto no el Dios que se nos muestra en Jesucristo, sino un Dios caprichoso y dispuesto a regatear con el mejor postor. Muy lejos del Dios misericordioso al que, asistidos por el Espíritu, acudimos en el nombre y por la intercesión de Jesucristo. Un Dios que siempre escucha nuestras oraciones, aunque no siempre su respuesta es la que estamos esperando, pues es un Dios que espera que respetemos su soberanía y libertad misericordiosa. Un Dios que espera que nuestra actitud sea de obediencia como la de Jesús, quien frente a lo inevitable de su muerte, le decía: “¡Abba, Padre!, todas las cosas son posibles para ti. Aparta de mí esta copa; pero nos se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.” (Marcos 14:36). Asumir la misma actitud que Pablo, quien pidió tres veces a Dios ser liberado del “aguijón en la carne” que lo tenía agobiado, y todo lo que obtuvo por respuesta fue aquello de “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Y es precisamente el punto más débil de Dios donde vemos cuan todopoderoso es, en la cruz de Cristo, en el precio que él pago en su intercesión por todos nosotros.
Aprendamos pues del Señor a orar intercediendo por otros, y aprendamos de él a vivir por otros, a llevar una vida de intercesión por otros. Con que facilidad hacemos de nuestras oraciones de intercesión un pobre y fácil sustituto de nuestra falta de compromiso y dedicación a esos por quienes intercedemos. De ahí que el lex orandi – lex credendi del antes hablábamos es también el lex vivendi; es decir, de la manera que oramos, de esa manera creemos y de esa forma vivimos.
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